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El otoño de Fidel

Fidel Castro, "comandante de la revolución cubana", en su otoño, se nos vino con un libro sobre "la paz en Colombia". Lo escribe, según sus propias palabras,  urgido por "cumplir la promesa" que había hecho sin que, en la prosa del texto o en las referencias y reseñas del mismo, se  nos  revele a quien le hizo tal promesa.

A lo mejor, dicen unos, le cumple la promesa a Andrés Pastrana al cual cita y dedica entrecomillados y entresacados del texto escrito por el expresidentes (La palabra bajo fuego) versión propia de Pastrana sobre el fracasado proceso de paz con la Farc; también, especulan otros, puede ser el cumplimiento póstumo de lo prometido a Manuel Marulanda (quedó "congelada" para siempre la visita de Marulanda a Cuba o la visita de Fidel a San Vicente del Caguan) quién comandó los destinos de la organización guerrillera hasta la muerte por "causa natural"  y sobre cuya historia, en detalle, escudriña y cita Fidel de los textos de Arturo Alape (biógrafo de Tiro Fijo) y de Jacobo Arenas ("camarada" de tropel); pero, por las referencias meticulosa de los texto acerca de "el bloqueo yanqui a Cuba", es bien probable, como dicen expertos "cubanologos", se trate de poner en prosa escrita una especie de reclamo sutil o "cuenta de cobro" por la falta de solidaridad recíproca de los gobiernos colombianos con la "patria de Martí" por la reiterada ayuda y el papel "humanitario" de Cuba en la agitada historia de la violencia en Colombia, desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (de cuyos acontecimientos Fidel Castro fue testigo de excepción)  hasta los sucesos violentos de hace apenas unos pocos años.

Para principiar su relato, encuentra Fidel en los hechos violentos desatados por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (el 9 de abril de 1948), en esencia,  la explicación (justificación) del alzamiento en armas de Antonio Marín ("...campesino pobre que después adoptó el nombre de Manuel Marulanda en honor a un colombiano que murió en Corea...") y del surgimiento de las autodefensas o "guerrillas liberales" y, nos explica, en la victoria de la Revolución Cubana, "la natural relación de Cuba con los movimientos rebeldes de América Latina y los Partidos Comunistas". Por supuesto, no logra el escritor escudriñar (o se abstiene) en los alcances y dimensión en el cambio de naturaleza de "autodefensas campesinas liberales" a guerrilla ideologizada "brazo armado del Partido Comunista" y de la  implementación de  "la combinación de todas las formas de lucha de las masas" y la estrategia de "guerra prolongada". Tan pero tan "excesivamente" prolongada, así lo reconoce el escrito, que no sólo evidencia un  "desacuerdo" de  Marulanda con Fidel Castro sino que, aunque en esto el texto hace "mutis por foro", es en el desacuerdo donde se origina la deserción (del pelotón de fusilamiento) de importantes líderes "farianos" que fundan (con el robo de la espada de Simón Bolívar) el M-19.

Paralelo al relato sobre Marulanda y el desarrollo de la guerrilla de las Farc, el libro cita, entrecomillados, los textos de los pronunciamientos que evidencian la conducta "hostil" del gobierno de los Estados Unidos con respecto al gobierno de Fidel y las reacciones, también en textos entrecomillas de exuberante retórica revolucionaria, de Cuba. Cuba es aislada en lo político, en lo económico y agredida militarmente.  América Latina (sus gobiernos), con la excepción de México,  se alinea con los Estados Unidos.  También, con lujo de detalles, nos recuerda la "intervención yanqui" (gobierno de Reagan) después de la victoria Sandinista en Nicaragua, con la implementación de la "guerra sucia contra" y el uso de dineros del narcotráfico para la compra de armas y financiación de la "contrarrevolución". La "Cuba agredida" y, ahora "alineada con el bloque socialista",  mete mano en el conflicto colombiano: es actor de primer orden y "buenos oficios", por ejemplo,  en la tramitación incruenta de la "toma" de la Embajada de la República Dominicana por guerrilleros del  "eme"  que acompañados (con un "billete largo") de los embajadores secuestrados y los "agentes cubanos"  se "largan" en avión para Cuba (después regresan por el Choco); escribe y describe Fidel Castro la manera como Cuba interviene en la liberación del hermano del entonces Presidente Belisario Betancourt; narra la prosa escrita de Fidel, en conversaciones entrecomilladas, la manera como arman y desarman el rompecabezas (se dice que el JEGA era un "aparato del Cartel de Cali")  para la liberación del hermano del Presidente Cesar Gaviria; en lo más reciente, dice el escrito, son los cubanos los "portadores" de razones y "esfuerzos humanitarios" para tratar de recomponer el proceso con las Farc (desde Tlaxcala (México) hasta San Vicente del Caguan  (Colombia).

Finalmente, el escrito del líder cubano, está lleno de sorpresas en su epílogo: sorprende, por ejemplo, que antes que condenar la agresión a los civiles por las Farc por cuanto constituyen "crímenes de guerra" o actos contra la dignidad de la persona humana,  leer para creer, se opone porque "...cargar con los prisioneros de guerra, aplicar políticas que los humillen o someterlos a las durísimas condiciones de la selva...nunca rendirían las armas aunque el combate estuviera perdido... (y) le restan capacidad de maniobra a los combatientes..." Vale decir: no es un asunto de humanidad, acorde con los tiempos de la modernidad,  sino de pragmática bélica, anclado en el siglo pasado. Finalmente, las "400 horas de intenso trabajo invertidas" por Fidel, sorprende en sus párrafos de conclusión  cuando declara, tal como pensaba hace 55 años, que "jamás un luchador verdaderamente revolucionario debía deponer las armas..."  ¿Qué opinará Otty Patiño, Gustavo Petro, Vera Grabe, entre otros, de la anterior afirmación? De pronto, sin eufemismos,  responden con la frase procaz e  irreverente (de los tiempos de la guerra) atribuida a Antonio Navarro Wolff: "Fidel es un viejito huevón". En rigor, por el contenido del libro, ha debido titularse "Fidel y las Farc" o, con más rigor, "Fidel abriendo comillas".

Debo confesar, para terminar, que soy testigo de la maravillosa contribución del pueblo de Cuba a la paz de Colombia en materia de alfabetización en varias regiones del país. También, por supuesto, se debe reconocer que la tierra cubana, de manera oportuna,  acogió a numerosos hijos de guerrilleros y exguerrillero  (algunos alcaldes y funcionaros públicos), educados en el talante de la dignidad y la solidaridad y, sin violencia, edifican reconciliación y convivencia.

* Constituyente de 1991

Héctor Pineda S.*

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